DÍA DE MUERTOS





¿Sólo así he de irme?
¿Como las flores que perecieron?
¿Nada quedará en mi nombre?

¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!
Cantos de Huexotzingo



EL INHIBIDO Y DESINHIBIDO MEXICANO ama las fiestas: las contempla, las realiza y las consume en todo su esplendor. En todas las ciudades y poblados, mes con mes, emerge con un gran bullicio cósmico y particular, las definidas celebraciones que han de realizarse. México es un país con infinidad de tradiciones: fruto del pasado y de conquista. Sensaciones de religiosidad e incertidumbre. Se celebra a cualquier santo patrono así como a aquellos personajes que heroicamente llenan las plazas públicas; a ese denodado secreto que avanza con el paso de los pueblos y dialectos; lo mismo, que a la Virgen de Guadalupe que hasta la Muerte. No esta de más que entonces su gente celebre a sus fieles difuntos (como acto de creencia y a la misma vez conmemoración), en un conjunto de paganismo y sobriedad, en adoración de las cosas de un pasado, encaminadas hacia el presente.

Desde las grandes ciudades, hasta los pequeños poblados, las familias en una colectividad de distintas edades, se reúne, y se desviven con gran devoción sobre los días que han de rendir memoria y culto hacia los que han dejado la frescura de los muchos recuerdos. Con cierta exactitud el calendario —como en la herencia y códice de la membrana en el tiempo— marca en los primeros días del mes de noviembre, el encuentro consagrado hacia la aspiración de la muerte. La gran encomienda: el festejo de Todo Santos o Día de muertos.

Días antes al primero y segundo día del mes de noviembre, se recrea el colorido y la gran envoltura de preparativos que con cierto ánimo característico precipitan el tiempo y el camino. Juntos en la búsqueda del pasado, sobre el encuentro del presente.

Los primeros dos días de noviembre precipita la tradición. El cementerio convoca a reunión familiar y amistosa. Los deudos se arrodillan al rededor del quien físicamente ya no se encuentra con ellos y depositan las ofrendas como una apropiada satisfacción de la fe; en casa se prepara un significativo altar (aquellos que rememoran a los de las antiguas culturas prehispánicas): las flores que recrean con el mismo nombre el prodigio de la espera; de pan y licor, de revelada saciedad, convulsión prehispánica, que tan antigua inició el destino de nuestros pensamientos, el apogeo de nuestros temores. Legado ritualista que honra a la muerte sobre la vida.

No es de extrañar que ésta conmemoración sea una dualidad inadvertida de nuestro creer y de nuestro ser. El cosmos se divide, Cuatlicue se levanta, el Señor Mitlantecutli reaparece y los Tlapanhuéhuetl nos anuncian la atmósfera que ya nos pertenece como desde antaño. Nuestra memoria entonces pertenece a ese tiempo, nos aliamos a la imagen, a la sabiduría más exacta de todos los tiempos y de todos los Soles. No importa si se es rico o pobre, el mexicano se abre paso a dicha fiesta en devoción de un canto leal hacia la muerte. Esta huella innegable, observada y acrecentada en nuestro ser desde el principio de todas las cosas, emerge en la consideración de las nuevas generaciones como la espina más respetable y a la misma vez la más dibujada de todos los destinos. El festín empieza ya para las deidades y el mexicano se honra con la gran algarabía y sazón de los coloridos banquetes, que junto con la flor de cempasúchil, los frutos y el delicado papal picado, involucran la escena de la Bienvenida, el paso a la adoración ─sin querer pretenderlo─ de los seres que han ‘pasado a una mejor vida’.

La estampería religiosa, las mascaras, los lienzos y el copal detienen y hacen visible la entrega de quienes están en comunión con sus muertos. Los rebozos sobre las cabezas y los cuerpos, engalanan el espíritu de los anfitriones, que brindan su mesa a todo aquel que percibe el mismo deseo que involucra pasado, presente y futuro. Al entrar en los hogares se respira el tiempo; la descomunal dimensión que había entre la vida y la muerte ya no existe. Se aprecia la abundante mesa que ofrenda como en voluntad propia, todo el sin fin de cosas que exhiben y enmascaran una sensación de dominio, de consagración hacia la vida y hacia la muerte. Observamos las fotografías: ascienden y descienden en igualdad a la de la de los Santos y deidades. Sólo entonces se recrea un principio, una conmemoración, la igualdad única entre el ser y la deidad.





Durante estas fechas, México se vuelve colorido: amarillo, naranja y púrpura; sombras verdes, de colores sugerentes a fiesta y tradición ceremonial, aquella manifestación que nos presenta la mentalidad indígena: poética, simbólica y mística. Que une consciente o inconscientemente a lo desconocido. Así mismo los humos del copal y otros inciensos quemados en bracerillos de barro cocido, aromas y perfumes, reinventan y llaman la música, el ánimo, aquel que se creía desterrado después de la Conquista. Los reflejos de las velas, que habían estado esperando a su abrir chispeante, a la imaginativa de los cráneos de azúcar, de los juguetes que nos recuerdan a algo de la misteriosa muerte, y los frutos espontáneos, así como cualquier cosa que adorne la imaginación. Todo esto procrea la diversidad para el festejo, nada silencioso del pueblo mexicano.

Fiestas como estas, de las cuales México y su gente disfrutan, son inigualables. Unen a la gente, a los pueblos, a la familia, a todo aquel que este en ese momento en comunión con la muerte. Los cantos, las plegarias y el silencio mismo se mezclan en la abundante ofrenda. Los olores, las luces, los manteles bordados sobre las mesas, los papeles, y adornos en las calles, han despertado el interés de aquellos extranjeros y curiosos. Desde hace tiempo el Día de Muertos es objeto de un invariable estudio sobre el mexicano; el mexicano en sus tradiciones revela su conocimiento y a la misma vez su posición ante el resto del mundo. Diversos ensayos filosóficos y sociológicos nos revelan el carácter del hombre ante sus tradiciones; las tradiciones son más que una mera remembranza cuyo fin sea el goce mismo del espíritu escéptico que espera ser alimentado por las mismas tradiciones. Las tradiciones identifican y como su nombre lo indica: es comunicación de hechos históricos y elementos socioculturales de generación en generación. Es decir prosigue un fin común entre todos los pueblos.

La tradición por ser la forma más sencilla de comunicar o transmitir los valores y las manifestaciones culturales y artísticas en el correr del tiempo, es también la manera más sencilla y directa de hacer la historia. La tradición, por ser historia viviente y comunal, tiene una dimensión humana, una dimensión social, una dimensión geográfica y otra temporal, y sobre todas estas cualidades, la virtud de amalgamar al hombre presente con su pasado y con su territorio. Es el hilo que teje la malla de generaciones y que da sentido, color, sabor, perfil, carácter cultural y fisonomía social.

Tal como es el caso de las tradiciones del mexicano estas juegan un papel hacia un fin. En otros países la palabra Muerte jamás se pronuncia. El mexicano la adula, la festeja. Tal vez sea el mismo miedo de los otros, pero nosotros la miramos cara a cara. El Día de Muertos refleja claramente cuál es nuestra actitud ante el fenómeno: es la fiesta donde se canta, se come, se ríe, se baila con ella, con la muerte. El arte de la fiesta se encuentra casi intacto entre nosotros. Ahí mostramos todo el lujo que nos falta en nuestra vida diaria. Gracias a esto se espera atraer la abundancia.

Todo es tradición, y México es un país que demuestra estar hecho de cultura tradicional humana espiritual y religiosa. La religión y el tiempo, se ensamblan, se unen en uno solo para caracterizar el tiempo, para abrir los días propicios de la festividad religiosa. Como resultado de ello se dan fiestas y más fiestas; son las que hacen al pueblo ceder ante una voluntad acallada por un peregrinaje de tradición- religiosidad. Dichas tradiciones no sólo son popularidad entre los pueblos mexicanos, son creencia ante algo que el mexicano esta dispuesto a defender. El mexicano hace existencia sobre la vida y la muerte, de ahí que a la muerte la observen Santa e inmaculada; por lo que la atavían con desmesurado respeto y empeño. Así mismo la conservan en caricaturas y “calaveras” o la hagan de pan o dulce.

Mientras que en algunos países se observa una extraña transformación, sobre los meses de octubre y noviembre, México se adorna de una compleja abstracción de sensaciones, sabores, olores y colores que emocionan hasta el más desconocido de los que se involucran en dicha reforma. Emerge entonces todo lo ancestral del tiempo; el aire se enciende, y se desliza sobre los hogares. Desciende ante nosotros lo inigualable y ascendemos a lo más espiritual y puro de nuestro ser interior.

El pueblo mexicano deja claro en su tradición, y en su comunismo religioso, la firme creencia en las cosas que ven, y las que no contemplan. Se busca protección, se invocan nombres para el ofrecimiento de todo lo que el anfitrión ha preparado para los seres espirituales. Los alteres, las ofrendas, las imágenes y la ceremonia son muestra impalpable de ello. No cabe extrañar que la muerte sea hoy en día más que un símbolo de adoración, de ironísmo ante la vida, de religiosidad, de santidad pero sobre todo de fe, para despertar todo en ella una creencia inquebrantable.




Desde la antigüedad las fechas en honor de los muertos son y eran muy importantes, tanto, que les dedicaban dos meses. Durante el mes llamado Tlaxochimaco, se llevaba a cabo la celebración denominada Miccailhuitntli o fiesta de los muertitos, alrededor del 16 de julio. Esta fiesta iniciaba cuando se cortaba en el bosque el árbol llamado xócotl, al cual le quitaban la corteza y le ponían flores para adornarlo. En la celebración participaban todos, y se hacían ofrendas al árbol durante veinte días.

En el décimo mes del calendario, se celebraba la Ueymicailhuitl, o fiesta de los muertos grandes. Esta celebración se llevaba a cabo alrededor del 5 de agosto, cuando decían que caía el xócotl. En esta fiesta se realizaban procesiones que concluían con rondas en torno al árbol. Se acostumbraba realizar sacrificios de personas y se hacían grandes comidas. Después, ponían una figura de bledo en la punta del árbol y danzaban, vestidos con plumas preciosas y cascabeles. Al finalizar la fiesta, los jóvenes subían al árbol para quitar la figura, se derribaba el xócotl y terminaba la celebración. En esta fiesta, la gente acostumbraba colocar altares con ofrendas para recordar a sus muertos.

El mexicano al proseguir con su tradición escapa de todo un presente. Se enfrasca entonces, por asi decirlo, en su pasado. Nos gusta vivir en el pasado, lo contemplamos, lo alzamos sobre tabernáculos para recordarnos siempre quienes fuimos, de dónde venimos, que seremos y a quienes perteneceremos. El hombre y la mujer, ancianos y jóvenes, y los más pequeños todos frente el presente con el rostro inevitable de un pasado. Reina el caos de la sugestión. Recordamos a quienes significaron algo en nuestras vidas. Abrimos los espacios sobre las paredes y las mesas para colocar un recinto para los seres que nos han dejado. Mezclamos sus nombres con tequila, aguardiente o mezcal; y los abrazos se funden en vital entierro de añoranza.

Los escritores mexicanos hablan cada vez más sobre las tradiciones religiosas de cada pueblo, o de cada ciudad. Exploran la vertiente de cada semblanza que une las tradiciones, y lo que significa para el mexicano hacerlo, lo valorativo que exhibe en estos al realce de algo que no es solo tradición, si no que es respeto y vida. La vida del mexicano, en especial lo que caracteriza las fiestas y tradiciones, son objeto de la atención de multitud de artistas. Fue hasta las manos de José Guadalupe Posada (1852-1913), que llego la muerte con sus obras pictóricas más reconocidas: Las Calaveras y principalmente La Catrina.

¨Los poetas y ensayistas, toman la colectividad del tiempo para poder escribir sobre la manera en que el mexicano crece y subsiste, ante una diversidad de tradición festiva. Por que se crea o no, la tradición va evolucionada con el paso del tiempo, donde las ideas crecen, y estas se ven mezcladas con alguna parte e incluso extranjera, dando como resultado una transformación no adquirida: cultura-evolución, para las próximas generaciones. La cultura festiva religiosa mexicana, actualmente —sin querer aceptarlo— aunque con criterio propio y protegiendo lo que el pasado ha regalado a un presente, se ve amenazado por una mezcla de extranjerismos, que sacuden los cimientos de la cultura antigua, que es la que supone con pureza los orígenes ritualistas y festivos que hoy el mexicano en imitación realiza.

El día de muertos, en particular cobra realce para la sensibilidad espiritual de los hombres. Es hablar de la muerte, de la verdad sobre el fin de la vida. Del final de nuestras memorias. Del destino. Es hablar de algo que existe y se respira como vertedero de la humanidad. Es poder escribir sobre de ella, transgredir, burlarse si acaso de algo que a la muerte le pertenezca. Es inventar la realidad de todo suceso. Es invadir su paz. La muerte entonces cobra vida en los murales, en los cuadros, en las palabras. Como desde tiempo atrás en que el poeta y el rey Netzahualcoyotl (1391-1472) ensalzó:

Somos mortales
Todos habremos de irnos
Todos habremos de morir en la tierra…

Como una pintura,
Todos iremos borrando.

Celebrar a la muerte es un sello distintivo de todo mexicano. Escapamos con nuestras tradiciones de la vida. Convergemos con creencias y sensaciones hacia la muerte. La muerte, es tema para seguir escribiendo de ella misma, de lo que ella nos deja, de lo que es o no es. El mexicano la visualiza, la entiende a su dichosa manera, a su propia entrega y satisfacción.

Hablar de una tradición es hablar de su gente, del pasado, de lo que se cree, de lo que se inventa. La festiva del día de muertos, expone la inexorable actitud del mexicano ante la muerte y sin embargo a un deseo de vida eterna. Es valerse de todos los medios para crecer y manifestar la sensación espiritual que llevamos, es encaminarla por distintos caminos, por una búsqueda, incluso de la propia existencia espiritual. La cultura mexicana, en cuanto a lo que se cree y concibe como tradición, esta totalmente aferrada a lo que el mexicano expone y visualiza en su propio creer. Los fundamentos de lo que se hace, y de lo que se ha aceptado, esta visible ante toda la experiencia que se ha efectuado por muchos años entre el pueblo mexicano. Solo hay que ver en la perpetuada elaboración de murales y grabados que nos recuerdan con acentuada fidelidad, la historia de los ancestros hacia sus efectuadas tradiciones religiosas, hasta el paso de nuestros días. Murales pictóricos que hablan de la libertad, de la esclavitud, de la gloria y así mismo de la pobreza. De la lucha en las contiendas a través de la historia ancestral, de la vida y de la muerte. Artistas como Orozco, Rivera, o Sequeiros, quienes esbozaron con maestría el dominio de la memoria, el de un pasado. Es así como la historia se transcribe y se salva. Tras el aprendizaje colectivo de una de sus fiestas mexicanas. Se habla y se observa, se diluye como agua sobre los ríos de la tumultuosa humanidad, dejando imperecedera la historia del México antiguo, del México presente.

Se experimenta liberación ante todo festejo. Pero en la celebración única del día de muertos, la liberación aprisiona también una cierta insatisfacción por la esencia espiritual. De ahí que el mexicano comúnmente busque en su fe religiosa la posibilidad de satisfacer dicha necesidad. Siempre se creerá en algo, en algo que pueda o no visualizarse. Porque lo que llena e importa para el mexicano es beber, comer y disfrutar de sus fiestas y tradiciones, en el origen que las predispone. La fe queda en cada hombre y mujer, en la manera de cada quien por satisfacerla de acuerdo a su propio albedrío. Aunque el paganismo se conjunta con la tradición en las tradiciones mexicanas, esto no implica que al mexicano le importe, porque el mexicano ante todo ama sus fiestas. Su conocimiento solo esta en al pasado, y el presente retorna cuando haya acabado el lapso del festejo. Pero siempre se esperará con grandes ansias el siguiente año para sucumbir de nuevo ante el pasado que no le deje inmóvil en el tiempo.

El pueblo mexicano defiende y define sus ideas, sus palabras, su historia, y su algarabía tradicional. Eso es lo que le identifica; da un todo por el todo para seguir una historia, una consagración, una continuidad a sus tradiciones y festejos. El mexicano sin sus raíces festivas-tradicionales muere, fallece por falta de historia, por una templada sensación de la nada.

La libertad del mexicano la expresa en sus festejos. El eco de sus jolgorios se escucha por todos los cabos de la tierra. El Día de Muertos o Todos Santos, el tiempo en que reina la vida y la muerte, es un ejemplo claro de que el México-Tenochtitlan el tiempo de Quetzalcóatl, el mundo ancestral que se despertaba con los exigentes ruidos de percusión de los tambores y los sonidos agrestes y simbólicos de los caracoles, que se alzaban sobre el cielo aún persiste. Se levanta sobre nuestros ojos, aún más allá de la sensación perpetuada en cada hijo de Quetzalcóatl y de Coatlicue.

Es así como el mexicano se desinhibe de toda conformación, de todo avance del tiempo; grita, disfruta y llora ante una sensación de paz, de libertad y de vida. Vida en que en los Días de Muertos, se respira el credo en una tradición en honor a la muerte.


(Fotografías: ©Eligio Cruz  2012)

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